En el mismo momento que un Donald Trump encandilado por el oro y los espejos de Versalles firmaba esta semana el acuerdo con Irán ante la atenta mirada de Emmanuel Macron comenzó a circular un paralelismo. En esos salones, Alemania firmó la rendición oficial que puso fin a la Primera Guerra Mundial y accedió a pagar millonarias reparaciones.

La imagen no evitó que se escribieran más de mil palabras. Rara vez hay tanto consenso entre los principales diarios y columnistas del mundo: Trump tiró la toalla en un conflicto que no debería haber empezado en el primer momento, y firmó un memorándum ampliamente beneficioso para Irán. Un acuerdo que no resuelve ninguno de los conflictos de fondo con el régimen islámico, en especial el plan nuclear, tras una guerra en la que Estados Unidos no cumplió ninguno de los objetivos que se había propuesto, como la caída del régimen o el desmantelamiento total de la infraestructura de misiles.

Si la historia nos enseña algo, es que los acuerdos que ponen fin a las guerras firmados en el Palacio de Versalles son famosamente duraderos”, ironizó el corresponsal de The Economist en Medio Oriente, Gregg Carlstrom.

Los firmantes del Tratado de Versalles creían que habían puesto fin a los conflictos entre potencias para siempre, pero el conflicto más sangriento de la historia estaba a la vuelta de la esquina. Ahora nadie se hace tantas ilusiones. El acuerdo, que en rigor es una declaración de buena voluntad para empezar un nuevo diálogo de 60 días, pende de un hilo, como demostró en las últimas horas la escalada de Israel en el Líbano y el cierre del estrecho de Ormuz. La paz en Medio Oriente sigue tan distante como siempre.

Trump también apeló a la historia para justificar su acuerdo, que ha sido calificado como una rendición tanto por demócratas como por republicanos. Dijo que no quiso ser recordado como Herbert Hoover, el presidente asociado a la Gran Depresión, y que firmó el acuerdo para evitar una “catástrofe económica”, como si la decisión de lanzar el ataque que todos sabían iba a disparar el precio del petróleo hubiera sido de otro.

Algunos analistas sostuvieron que si la guerra fue un error, no había otra alternativa mejor que frenarla ahora para hacer control de daños. El cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán durante el conflicto generó un shock en los mercados energéticos mundiales, con aumentos en el precio de los combustibles y los alimentos que generaron agitación social en muchas partes del mundo, como en Bolivia y Chile. Efectos que también empezaron a sentir los votantes norteamericanos que en noviembre deberán decidir quién controlará el Congreso en los últimos dos años de mandato de Trump. El temor a ser un pato rengo puede haber sido la motivación final para firmar.

Pero hay una región donde la guerra marcará un verdadero punto de inflexión. “El acuerdo de Trump con Irán podría ser recordado como el momento en que Estados Unidos comenzó su retirada del Medio Oriente”, analizó The Atlantic.

Irán se siente ganadora

Mientras la Casa Blanca presenta el memorándum como un acuerdo de paz, en Teherán el discurso oficial habla abiertamente de una victoria. Esa diferencia de narrativas resume el resultado del conflicto: un país que sufrió bombardeos, perdió a su líder supremo y vio seriamente degradada su capacidad militar emerge convencido de haber resistido la presión de la principal potencia del mundo sin renunciar a sus objetivos esenciales.

El presidente de Irán, Masoud Pezeshkian, firma el memorándum

El compromiso de Estados Unidos de no intervenir en los asuntos internos de Irán marca el fin de la retórica de apoyo a los movimientos de protesta que sacudieron el país a principios de año, cuando Trump les prometía a los manifestantes que "la ayuda estaba en camino“.

Pero desde la perspectiva iraní, el mayor triunfo no está en el texto del acuerdo sino en lo que quedó fuera de él. La cuestión nuclear fue postergada para futuras negociaciones. En cambio, el documento sí incorpora restricciones a la acción de Israel en el frente libanés, una prioridad estratégica para la República Islámica. Irán logró desplazar el eje de la negociación hacia los asuntos que más le interesaban.

En el plano económico, el alivio llegó de inmediato. El levantamiento del bloqueo naval y las exenciones para exportar petróleo permitieron vender 18 millones de barriles en apenas cinco días, con ingresos estimados en 1400 millones de dólares. Para una economía asfixiada por las sanciones, el acuerdo representa una bocanada de oxígeno que reduce la presión interna sobre el régimen. Pero si algo confirma el acuerdo es que la geografía sigue siendo la mayor herramienta estratégica de Irán. El Estrecho de Ormuz continúa siendo una carta que Teherán puede utilizar cada vez que busque aumentar su poder de negociación. “Se llama golfo Pérsico por una razón”, sintetizó el Council on Foreign Relations.

Internamente, el liderazgo iraní ha manejado la aceptación del memorándum con cautela. El nuevo líder supremo, Mojtaba Khamenei, evitó asumir la responsabilidad total del acuerdo, y sugirió que solo aceptó los términos debido a la recomendación del presidente Pezeshkian.

Una maniobra política curiosamente similar a la actitud de Trump, que dijo que se llevaría el crédito si el acuerdo tiene éxito, pero culparía a su vicepresidente, JD Vance, si falla.

Israel se siente abandonado

Puede ser peligroso ser enemigo de Estados Unidos, pero ser su amigo es fatal”. Esta frase levemente descontextualizada atribuida a Henry Kissinger ha sido evocada desde que Trump asumió su segundo mandato, y si hoy le cabe a alguien es a Israel, donde predomina una sensación de derrota estratégica. La percepción es que Washington negoció el futuro de la seguridad regional sin incorporar las principales preocupaciones de su aliado más cercano.

Ataques israelíes en el Líbano

Elliott Abrams, que fue representante especial para Irán durante la primera administración Trump, resume las objeciones israelíes en tres puntos centrales. El primero es que el acuerdo no elimina el programa nuclear iraní. Aunque prevé restricciones temporales y la dilución de parte del uranio altamente enriquecido, deja abierta la posibilidad de que Teherán conserve capacidades de enriquecimiento y mantenga importantes reservas de uranio a niveles inferiores, preservando buena parte de su infraestructura nuclear.

La segunda preocupación se concentra en Líbano. Para Israel, Irán logró vincular el acuerdo con el frente libanés y obtener limitaciones a la capacidad de acción israelí contra Hezbollah. Jerusalén teme que, mientras Washington busca preservar el pacto diplomático, la organización respaldada por Teherán pueda reconstruir lentamente su presencia en el sur del país, dejando a Israel frente al dilema de tolerar ese proceso o arriesgar un choque con la Casa Blanca.

El tercer punto es financiero y político. El levantamiento de las sanciones y el desbloqueo de recursos permiten al régimen iraní recuperar oxígeno económico en un momento crítico. En Israel existe el temor de que parte de esos fondos termine fortaleciendo a Hezbollah, Hamas, los hutíes y otras milicias alineadas con Teherán, mientras el acuerdo guarda silencio sobre el programa iraní de misiles balísticos, cuya capacidad destructiva quedó demostrada durante la guerra.

Detrás de esas preocupaciones aparece el temor a que Trump esté ahora más interesado en preservar el acuerdo que en sostener la presión sobre Irán. Esa percepción se agravó con el deterioro del tono entre Washington y Jerusalén. El vicepresidente JD Vance llegó a reprochar públicamente a dirigentes israelíes sus críticas al pacto y afirmó que Israel se encuentra "profundamente aislado" y debe aceptar la nueva realidad regional. En ese contexto, Benjamin Netanyahu enfrenta una campaña electoral marcada por la sensación de que, después de haber apostado todo a una victoria militar decisiva, terminó descubriendo que incluso el respaldo de Estados Unidos tiene límites.

Nuevas alianzas

Pero quizás la consecuencia más profunda del acuerdo no sea el futuro del programa nuclear iraní, sino el cambio de rol de Estados Unidos en la región. Durante décadas, Washington actuó como el garante último del equilibrio estratégico en Medio Oriente. La perspectiva de un repliegue militar estadounidense y un acuerdo que deja a Irán con importantes capacidades estratégicas obliga a los países del Golfo a replantear toda su arquitectura de seguridad.

Humo elevándose tras un ataque de dron iraní en la zona del puerto de Dubái, Emiratos Árabes Unidos, el 1 de marzo

Ese vacío está acelerando, según Ian Bremmer, una reconfiguración de las alianzas regionales. Por un lado, comienza a consolidarse una “coalición Abrahámica”, integrada por Israel y los Emiratos Árabes Unidos, que considera a Irán una amenaza estructural y apuesta por contenerlo mediante una combinación de poder militar, cooperación tecnológica y vínculos estratégicos. La decisión de Abu Dhabi de abandonar la OPEP para aumentar libremente su producción de petróleo refleja esa creciente autonomía respecto de los tradicionales equilibrios regionales.

En paralelo, toma forma una “coalición Islámica”, encabezada por Arabia Saudita, Turquía, Pakistán y Egipto, los grandes países sunnitas. Sin dejar de desconfiar de Teherán, estos países parecen haber llegado a una conclusión distinta. Si Estados Unidos ya no ofrece garantías absolutas de seguridad, resulta más conveniente reducir riesgos mediante pactos de no agresión y mecanismos de convivencia con Irán antes que apostar exclusivamente por el respaldo de Washington. Para las monarquías del Golfo, el objetivo ya no es derrotar a Irán, sino aprender a convivir con un antiguo imperio que ha demostrado que puede resistir una guerra con Estados Unidos y salir fortalecido.