Hay algo irracional, casi paranormal, en el instinto de supervivencia de la selección. Infunden tantas dosis de furia que los rivales quedan atormentados en su pánico. Egipto estaba advertido de lo que le había sucedido a Cabo Verde y capituló igual. Suiza tenía entre sus apuntes cómo le había ido a Egipto, y de todos modos terminó rendida. Inglaterra sabía que una manada de lobos hambrientos andaba suelta… y no evitó ser devorada. Emocionalmente los tortura. No pueden escaparse de un destino que presienten despiadado, incluso, cuando todavía están en ventaja. Es la profecía autocumplida: saben que van a perder. Y pierden. Cuando la Argentina huele miedo, clava el colmillo. El corazón alumbra el camino, despeja las intermitencias, y los compases del juego se ecualizan con los latidos del corazón. Lo mejor que le puede pasar a la Argentina es estar en problemas.
La Argentina toma de la solapa al destino, se encuentra con la muerte y la convence de que vuelva otro día. Para tumbar al campeón habrá que tener un corazón que nadie mostró. A España le sobran virtudes, esperará descubrir si todas las necesarias.

Como una rutina de centros al segundo palo, ¿se puede entrenar el carácter? No. Y tampoco se puede comprar personalidad con una receta en la farmacia. Pero los mensajes potencian el sentido de pertenencia, la bravura, el compromiso, esa atmósfera que está detrás del misil de Enzo Fernández en el minuto 85 y el centro de Lionel Messi para la cabeza de Lautaro Martínez en el 92. Eso sí se entrena desde el liderazgo y esta selección tiene el cuero curtido en el arte de escaparse del fatalismo. Una vez es suerte, dos puede tratarse de casualidad, tres, cuatro y las que vendrán responden a una convicción.
Todo comenzó hace tiempo, mucho tiempo. Cuando nadie espera nada, en esos instantes que se cimienta la gloria sin saberlo. “La idea nuestra es buscar una manera de sentir la camiseta de Argentina. Les hicimos entender a estos chicos que por arriba de la selección no hay nada. Que no existe Real Madrid, no existe nada... Estamos en una reconstrucción total y ojalá nuestro fútbol vuelva a estar donde se merece”, describió Scaloni el 8 de agosto de 2018. “Por arriba de la selección no hay nada…”, y el eco llega hasta hoy. Un mandato, un mantra cuando no era más que un parche. Pero no importaba el cargo, sino la intención. La dirección. El mensaje. Acababa de salir campeón del torneo Sub 20 de L’Alcúdia, cerca de Valencia, y cuando lo llamaron para distinguirlo como el mejor entrenador del certamen le pidió a Pablo Aimar que se sumara para las fotos. Por entonces ya repetía que el secreto era la unión. Porque no hay poses en Scaloni, es genuino. Se equivoca, como nos sucede a todos. Pero, a diferencia de sus exegetas que no admiten críticas, él advierte fallas e interviene.

Esa frase, que lo resume y sirve para husmear y entender el alma de la selección, la izó cuando la intriga cubría el horizonte. El repaso temporal es contundente porque revela un deseo irrefrenable. ¿Cómo el de esta selección? Claro, todo va encadenándose. Después del derrumbe en Rusia 2018, Scaloni aterrizó en Ezeiza el 16 de julio y emparchó un descalabro cuando la salida de Jorge Sampaoli dejaba a la AFA al borde de un papelón si no participaba en el tradicional certamen juvenil.
De la lista original para jugar en L’Alcúdia que había presentado Sebastián Beccacece –él iba a estar a cargo de esta excursión juvenil, pero se marchó de AFA apenas volvió del Mundial, con su relación con Sampaoli ya quebrada hasta hoy– apenas se mantuvieron siete apellidos (Leonardo Balerdi, de Boca, y Aníbal Moreno, de Newell’s, entre ellos). Estar cerca del mundo selección, por entonces, era políticamente desaconsejable. Solo hubo ocho días de prácticas y muy recortada colaboración de los clubes. La aventura terminó en el título tras vencer 2 a 1 en el alargue a Rusia. Comenzó en desventaja, por el gol de cabeza del ruso Diveev; empató Facundo Colidio –era delantero de Inter y sería elegido como el valor más destacado del torneo– y una aparición libre de Alan Marinelli (Rosario Central), tras un centro cruzado de Facundo Mura (Estudiantes), sentenció la final. Entre las premiaciones individuales, Jerónimo Pourtau fue el arquero del torneo. El chico de Estudiantes había sido vital en los penales ante Uruguay, en las semifinales, al atajar dos remates. Es decir, con el sufrimiento como compañero de viaje. ¿Suena familiar?

“Ojalá aportemos para que volvamos a meter alto a la Argentina”, resumía Scaloni, espiando un futuro que ni se imaginaba con él. “Estos chicos sacaron de adentro su ilusión por jugar con la camiseta de la selección”, agregaba, mientras hacía visera para encontrar entre el público a sus hijos. Corrió hasta el borde de la cancha y cargó con ellos, Ian y Noah, en brazos. Hoy lo acompañan en los Estados Unidos. Aquella semilla se transformó en un robusto espíritu de pertenencia alrededor de la selección.
Cuando los jugadores parecen un grupo de forajidos dispuestos a todo, hay una precuela. “Los inmortales”, ese genial título que eligió el diario francés L’Equipe para dimensionar la victoria sobre Inglaterra, son tipos hechos para aventurarse a todo. Desbocados de espíritu. No se rinden e intimidan. Son de una madera especial. Y hace años que se nutren de las voces más autorizadas: la palabra de los perdedores.
El cuerpo técnico de la selección no ganó nada en su paso por la selección mayor, solo tiene cicatrices. Walter Samuel, poco afecto a las palabras públicas, un día en el streaming de AFA Estudio reveló un pasaje fantástico. Contó una charla íntima: “Muchachos, no dejen que otros vivan lo que ustedes vivieron. No regalen títulos. Cuando está la oportunidad… Nunca se sabe cuándo va a ser el último título que vas a ganar, entonces el que está ahí hay que ir a buscarlo”. ¿Se entiende de dónde brota el ardor?

Pablo Aimar, dueño de tanta riqueza conceptual como nobleza para transmitirla, hace años, cuando todavía solo se dedicaba a entrenar las categorías menores de la selección, le explicaba a LA NACION: “Formar también es hacerles ver que la selección argentina es River y Boca, y no pueden empatar. Eso también es formar, es la mentalidad de un equipo grande, ganador. Pero no es lo único, hay que ser educados y respetuosos. Está claro que si no ganás te dicen ‘no me importa que saluden, quiero que ganen…’ Todo es respetable. Nosotros no pensamos ‘perdamos todos los partidos pero saludemos’, no. Se pueden inculcar más cosas que hacer un gol... que por supuesto queremos que lo hagan”. Estaba a la vista el camino. Entonces, vale volver sobre la pregunta: ¿se entrena el carácter? Ya conviene cuestionar aquel rechazo de las primeras líneas de este artículo.
“Somos Argentina, somos así… En mi categoría en Estudiantes de Río Cuarto solo se podía ganar; me fui a River, y River no empata, gana; fui al Valencia, y aunque no es el más grande, por aquellos años era un equipo que tenía que ganar; después estuve cinco en Benfica, donde no podés ganar por menos de dos goles. Y te acostumbrás a eso, te acostumbras a eso… Es mucho mejor jugar en un equipo así que en uno que puede empatar, y te acostumbrás a tener la soga al cuello. Chau, acá se juega así, acá se gana, en la selección se gana. Y vos vivís y convivís con eso”, enfatizaba Aimar. Y el círculo cierra por completo: la soga al cuello. El campeón vive donde nadie se anima a entrar.

