“Al dolor hay que transitarlo y atravesarlo”, dice Elizabeth Clapés (28) sobre el eje de su nuevo libro Así es como lo verás mañana. Psicóloga, escritora, conferenciante y docente especializada en autoestima y relaciones interpersonales, Clapés aborda en su quinta obra la dificultad que tiene una sociedad acostumbrada a la inmediatez para lidiar con el sufrimiento. Comprendiendo la salud desde una perspectiva integral considera que si el dolor se evita o tapa “en algún momento tendrá necesidad de salir porque es una energía que queda pendiente de ser canalizada”.

Fenómeno editorial y online, ha superado los 500.000 lectores con sus libros anteriores Tú no eres el problema, Perderte para encontrarme, Hasta que te caigas bien y Querida yo: tenemos que hablar; y el millón y medio de seguidores en sus redes sociales, el lugar donde su éxito comenzó. ¿Qué la diferencia de otros profesionales con presencia digital? Que en su caso “baja la psicología a tierra” para que sea accesible para todos. Su lenguaje y analogías descontracturantes la mostraron como una profesional confiable, especialmente, para una generación de jóvenes que se acostumbró a escuchar términos clínicos y consejos por parte de pares o de especialistas con un discurso excluyente o lejano.

Cuando estaba terminando el colegio se debatía entre estudiar psiquiatría o ser escritora. Criada en el seno de una familia de médicos, le dijeron: “Querés ser escritora, bárbaro, pero primero estudiá algo relacionado a la medicina y después te dedicás a escribir”. Terminó optando por la carrera de psicología y, según reconoce, su principal motor era poder ayudar.

Comenzó a tomar pacientes y a divulgar sus conocimientos en redes. Su bandeja de mensajes estalló y las sesiones mano a mano con pacientes se volvieron inmanejables. Hoy es quien dirige esmipsicologa.com, una plataforma de salud integrativa en la que está a cargo de 50 profesionales de la medicina, la psicología y la nutrición. “Ya no tomo pacientes, pero sigo ayudando de otra manera ya sea a través de los libros, formaciones, talleres, conferencias o supervisando a los pacientes de otros colegas”.

En su paso por Buenos Aires para presentar su más reciente obra en la Feria del Libro, Clapés conversó con LA NACION.

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—En Así es como lo verás mañana hablás de cómo el tiempo modifica el dolor. ¿Creés que hoy existe una intolerancia social a atravesar procesos largos o incómodos?

—Aunque hoy en día se hable de ‘generación de cristal’ no creo que sea un fenómeno exclusivo de la juventud. Qué más intolerancia al dolor que la que tenían las generaciones anteriores que lo paleaban con consumo de alcohol u otras sustancias. Creo que hasta ahora lo que se ha hecho es no afrontar el dolor porque es un estado que no le gusta a nadie.

Estamos acostumbrados a que el dolor físico se calme con un medicamento, pero para el emocional no tenemos nada que actúe rápido, entonces es natural que lo evitemos. Quizá la diferencia entre las generaciones actuales y las anteriores es que simplemente estamos intentando encontrarles solución a esos problemas o malestares.

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—¿Cómo se hace para transitar el dolor de la mejor manera?

—Lamentablemente, hay que transitarlo y atravesarlo. Cuando se ignora ese proceso de duelo o se lo evita queda pendiente y aflora en somatizaciones o síntomas. En algún momento tendrá necesidad de salir porque es una energía que queda pendiente de ser canalizada. En el libro yo recomiendo dejar que el dolor atraviese y, en lo posible, acompañarse de forma autocompasiva. Y no hay que olvidarse de la actitud: es fundamental evitar el inmovilismo.

A ellos los llamo ‘precursores de cambio’ y son todas esas cosas que nos obligan a cambiar algo de nuestro entorno, ya sea el trabajo, la pareja o tomar una decisión importante. En síntesis, ese dolor nos está diciendo que hay algo de la vida que exige un cambio.

—Tu comunidad de lectores y seguidores está formada en gran parte por jóvenes adultos. ¿Qué miedos o inseguridades aparecen de manera más repetida entre ellos?

—Algo generalizado que noto es la soledad y la falta de comprensión/desconocimiento de lo que a uno le pasa. Por ejemplo, cuando uno está resfriado y empieza a tener dolor de cabeza o fiebre sabe que debe tomarse algo o ir al médico. En cambio, con la salud mental es distinto, empezamos a tener síntomas, vivimos con ellos y no los detectamos hasta que es muy tarde. Me ha pasado que en consultorio algunos pacientes me enumeraron síntomas que llevan teniendo desde pequeños y pensaba: “No puede ser, esta persona lleva cargando un trastorno obsesivo-compulsivo desde su niñez y no lo sabe”.

—En el último tiempo adquiriste un nivel muy alto de notoriedad y de éxito como profesional, ¿dirías que la Elizabeth de hace 10 años se lo esperaba?

—No, creo que todo vino dado y las redes sociales fueron un gran factor. Por ellas me empezaron a llegar muchos pacientes y llegó un punto en el que ya no podía atenderlos a todos. Entonces empecé a trabajar con amigas y colegas hasta que el grupo de profesionales era muy extenso y se dio la posibilidad de abrir un centro de atención integral del que hoy estoy a la cabeza.

—En redes sociales hablás mucho sobre vínculos, trauma y autoestima, pero poco sobre el impacto psicológico de convertirte vos misma en una figura pública. ¿Qué efectos tuvo en vos pasar de terapeuta a “personaje de internet”?

—El cambio de salir a la calle y que te reconozcan y te pidan fotos es muy brusco. Sentís que ya no tenés esa libertad de bajar en pijama a hacer compras. Aunque yo, al no hacer contenido de lifestyle, tengo un poco más de intimidad porque hay ciertas cosas de mi vida personal que no muestro. Sé que tengo que tener cuidado porque una vez que se abren ciertas puertas, después no hay vuelta atrás.

—En internet se consume demasiado contenido relacionado a la psicología, ¿qué opinás sobre su divulgación?

—Creo que las redes sociales han hecho un gran trabajo a nivel divulgativo y de salud. Pensemos en las campañas para detectar el cáncer de mama: fomentan la autoexploración y te dicen ‘si sentís esto, si notás lo otro, palpate, tocate’. Bueno, con lo psicológico pasa un poco lo mismo, si te sentís de cierta manera o manifestás estos síntomas, tenés que pedir ayuda.

El lado negativo es que llegan algunos pacientes al consultorio y dicen ‘creo que tengo un trauma’ o ‘estoy seguro de que soy neurodivergente’ y, a pesar de hacerles un diagnóstico diferencial y decirles que no tienen eso que creen, siguen insistentes con el pseudodiagnóstico. Ahí se convierten en pacientes resistentes y difíciles de tratar.

Para ella, el lado negativo de las redes sociales es que, a pesar de hacerles un diagnóstico diferencial, algunos pacientes siguen insistentes con el pseudodiagnóstico que se dieron a sí mismos

—¿Qué términos terapéuticos que se viralizaron te generan/generaron incomodidad como profesional?

—Se puso muy de moda el tema PAS (persona altamente sensible). Se lo atribuyen con mucha facilidad al punto de que todos consideran serlo aunque es un término que no tiene base científica. Probablemente detrás del PAS haya neurodivergencia, distintas personalidades o trauma; puede haber mucho que no es PAS y eso lo descubrimos cuando comenzamos a escarbar qué es lo que despertó esa vulnerabilidad.

Otra cosa que me saca de mis casillas son los consejos sobre qué hacer cuando surgen dudas en la pareja, esos como ‘si tu pareja te es infiel, tenés derecho a mirarle el teléfono para asegurarte su fidelidad’. Esto no tiene validez a ningún nivel y es una opinión personal muy peligrosa para dar en voz alta. En redes sociales hay que ser cuidadosos con los mensajes que se dan.

—¿Notás que hay algún término que está empezando a divulgarse o tomar notoriedad?

—Bueno, diría que el trauma. No es algo nuevo ni que está naciendo, pero sí se lo está empezando a mencionar demasiado o a relacionar con todo tipo de síntomas de malestar.

—Mencionás que el amor propio redefine la forma en que se elige a una pareja. ¿Cuáles te parecen señales silenciosas de baja autoestima?

—La autoestima es la punta del iceberg. Cuando alguien reconoce que la tiene baja sabemos que lo que está debajo de esa punta es el problema. Seguramente esa persona tiene una autoestima baja porque ha tenido una infancia compleja, entonces lo que hay que hacer ahí es trabajar sobre el trauma infantil.

Las señales se manifiestan de varias maneras: una persona que se habla muy mal a sí misma, que no pone límites a los demás, que permite que la traten mal o que no se cuida. Detrás de eso, lo que tenemos que intuir es que seguramente hay algo mucho más amplio que no se puede sanar con métodos simples o ideas genéricas. Exige de un tratamiento que revise su historia de vida.

—¿Hay algo del discurso sobre amor propio que te parece malinterpretado?

—La idea de que por encima de todo te tenés que poner a vos mismo, en eso quizá nos fuimos hacia un extremo. Lo principal de todo no sos vos mismo. A ver, hay situaciones en las que sí, hay otras en las que no. Yo creo que un poco el amor propio hoy se parece más al egoísmo y se usa de excusa para sobrepasarnos con ‘límites’ que aparecen ante cualquier hecho que genera malestar.

—Y sobre el amor romántico, ¿cuáles son la creencias más instaladas que te gustaría desmontar?

—Creo que hemos superado muchas, por ejemplo, la frase esa de ‘quién te quiere no te hará llorar’ o la de ‘los celos son amor’. Nuestro siguiente reto (y más en la sociedad de la inmediatez en la que estamos) es cambiar la idea del amor como algo perfecto y estable en el tiempo. Hay que entender que las relaciones pasan por épocas, crisis y que a uno no siempre le va a gustar todo de su pareja. Para lograrlo es clave recoger la imperfección dentro de los vínculos como algo inevitable.

Tampoco hay que seguir creyendo mandatos como el de estar con la misma persona toda la vida: es posible enamorarse de otro, separarse no es un fracaso y las relaciones poliamorosas existen. Se puede estar con varias personas a la vez, siempre que sea algo consensuado. Aunque la relación monógama normativa es la forma primaria de relacionarse, tenemos que abrir las miras a otras.

—¿Qué opinás de quienes alegan que el ser humano es por naturaleza poligámico?

—Si nos centramos en la naturaleza todo lo que estamos haciendo ahora no es natural. Por naturaleza no comés chocolate, no usás jeans, ni tomás alcohol. Nuestra biología puede ser muchas cosas, pero lo que nos diferencia es que somos animales racionales, entonces, para mí lo de la poligamia sí o poligamia no, no es un argumento. Nuestra naturaleza es reproducirnos y alimentarnos, pero más allá de eso hemos construido mucho. Hoy están quienes eligen no tener hijos, quienes tienen parejas no monogámicas, etc. Hemos adaptado el mundo y evolucionado; eso es lo que nos diferencia del resto de los seres vivos, que nosotros hemos conseguido evolucionar y construir una sociedad. Entonces basándonos en esto último el argumento de la naturaleza me parece retrógrado.

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—¿La charla sobre los límites al comienzo de un vínculo amoroso te parece indispensable?

—Sí, al empezar una relación es obligatorio tener la conversación de cuáles son los límites de la fidelidad y la infidelidad, porque no son los mismos para todas las personas. Hay que hablarlo para que luego no haya malentendidos.

—Muchas veces el discurso actual sobre bienestar parece exigir calma, empatía y evolución constante, como si no se permitiera que uno esté enojado con la pareja o un ser querido, ¿qué pensás sobre esto?

—Tiene que ver con una herencia de la religión, con que al prójimo hay que perdonarle todo. Lo que sí no hay que hacer es quedarse trabado en la rabia: es una fase que hay que transitar y luego dejar atrás. Pero volviendo al principio, no todo tiene que ser entendido, no hay que empatizar con todo ni comprenderlo. Tu vida y tus relaciones no se basan en comprenderlo todo de los demás porque si no nunca vas a poder poner límites y sufrirás mucho.

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—¿Y cómo puede uno detectar si ese odio/enojo está siendo contraproducente?

—Cuando pasa mucho tiempo y la emoción no disminuye. También es cierto que hay gente para la que el proceso puede ser más o menos complejo; a algunos les puede llevar meses, a otros días o incluso semanas. El problema es cuando la ira se vuelve crónica y se vuelve difícil llevar una vida normal.

—¿En qué se diferencian una persona que realmente quiere cambiar y una que consume contenido emocional de forma compulsiva?

—Se diferencian en que la primera intenta sanar y la segunda, manipular. Esto último es típico en perfiles psicopáticos, lo saben todo sobre un tema, no lo aplican a ellos mismos y acusan a otra persona de tener esas características para hacerles daño. He tenido pacientes víctimas de maltrato que en terapia me comentan que sus parejas utilizan todo tipo de términos de diagnóstico profesional para manipularlos. De hecho, me atrevería a decir que el 80% de los psicópatas trata a su víctima como la mala de la historia. Entonces, volviendo a la pregunta, las redes sociales tienen un doble filo: por un lado, logran que cierta gente aprenda y tome acción para mejorar su calidad de vida y, por otro, llenan de información a otras personas para que dañen y manipulen.

Ya que hablás de psicópatas, ¿es posible salvar o tener un vínculo con ellos?

—Un psicópata nunca va a tener un vínculo salvable. Y lo que muchos no se dan cuenta es que hay muchos psicópatas dando vuelta; algunas estadísticas hablan de uno por cada 100 personas. Son individuos que están perfectamente integrados en la sociedad.

El problema de vincularse con ellos es que no puede ser algo más que un vínculo instrumental, es decir, si lo que uno está buscando es desarrollar un vínculo profundo, olvidate, va a ser imposible porque te vas a convertir en su víctima.

—¿Cómo darse cuenta si un vínculo en crisis es recuperable?

—Cuando ambos tienen buenas intenciones, reman a la misma dirección, buscan reparar y no se han pasado límites infranqueables en la confianza.

—Cuando escuchás de tus pacientes o seguidores historias muy fuertes, ¿cómo hacés para no verte afectada y establecer una distancia profesional?

—Claro que me afecta. Especialmente los casos de violencia de género, que son muy fuertes. No te digo que lloro, pero como profesional te angustia o lo sufrís de otra manera. En esos casos, lo que me sirve es pensar que el paciente en el momento de consulta ya está recibiendo una ayuda. No quiero dar tips ni consejos a nadie para que dejen de sentir empatía por los demás. Esa es mi dicotomía.

—¿No hay que ponerle límite a la empatía entonces?

—Debería tenerlo, sí. Pero no es fácil. Con los únicos que no recomiendo tener empatía es con esas personas que no la tienen hacia uno. Tampoco por empatía vas a dejar que que te maltraten o te falten el respeto.